Cuento de los niños mapuches

Hace muchísimos años los mapuches vivían en las las grutas de la gran montaña roja. Por las noches, las madres enseñaban a sus hijos a mirar las estrellas y les decían que cada estrella era una abuela y abuelo iluminado viviendo el el cielo, y que les miraban y cuidaban. También les enseñaban que el sol y la luna eran el Padre y Madre de todo, que con su movimiento daban vida a la tierra.

En una de las grutas vivían Caleu padre, Mallén madre y Licán, la hija. Una tarde Caleu divisó en el cielo una estrella enorme a la que seguía una  cabellera dorada resplandeciente. Enseguida Caleu pensó que era algo malo que traía desgracia y  convocó una asamblea para decidir que hacer.
Mientras, su mujer Mallén y su hija Licán habían subido, junto con otras recolectoras a zona de arbustos en lo alto de la montaña a por frutos del bosque. Licán estaba teniendo suerte ese día y ya llevaba su canasto casi lleno, entonces miró a la espesura de un pequeño bosque donde su madre siempre le prohibía entrar y allí casi como esperándola, encontró piñones dorados y comenzó a recolectarlos. Su madre agitada le había perdido de vista y la buscaba desesperada. Ya era la hora de bajar y no la encontraba. Sentía los latidos cada vez más fuertes en su pecho. El tiempo seguía pasando y a Mallén ya le dolía la garganta y no paraba de gritar, llamando a su hija. 
Las demás mujeres, le habían ayudado pero ahora estaban asustadas, veían que el sol ya se preparaba para ocultarse y querían descender. Mallén les advirtió que no tendrían tiempo y se perderían en la noche. De pronto, en medio de la discusión llegó la pequeña como si nada, y Mallén se echó a llorar. Collalla, la más vieja, viendo que Mallén tenía razón acerca de que la noche las sorprendería en el camino, indicó el sendero por donde se iba a la gruta del bosque, un refugio que conocían ya su antepasados. Mientras en el poblado se había decidido ocultarse en el fondo de sus grutas hasta que el el signo de mala suerte, la estrella fugaz, haya pasado, y que si salían estarían solos. No obstante, Caleu y otros familiares, aunque temerosos de la noche, decidieron ir a por las recolectoras al ver que no habían regresado a tiempo. Y los demás pobladores, por miedo a la oscuridad, las dieron por muertas, les negaron su ayuda y se metieron a temblar a sus grutas. 

Entretanto, las mujeres ya estaban en la gruta del bosque y habían encontrado mucha hojarasca para poder dormir a los niños. La abuela Collalla se quedó observando la estrella dorada y les explicaba a las otra aquella estrella traía un mensaje de los antepasados, pero aún no sabía qué.  

Ya acomodándose en la gruta, un profundo ruido subterráneo las hizo abrazarse invocando a los espíritus protectores: el sol y la luna. Cuando pasó el temblor, algunas de las mujeres se acercaron a la boca de la gruta y observaron, con los ojos fuera de las órbitas como afuera caía una lluvia de pequeñas piedras que al chocar contra el suelo lanzaban chispas. Collalla gritaba que esas eran piedras de luz, regalos de los antepasados.

A la vez, vieron como salían unas figuras en la negrura de la noche, eran Caleu y los demás atraídos por sus gritos y sin miedo a lo que las piedras les podían hacer, avanzaron impertérritos hacia ellas !Por fin las habían encontrado!. A la vez que se encontraban los dos grupos unas piedras de chispas cayeron cerca de un montón de hojarasca a la vez que soplaba el viento, y sucedió lo impensable para ellos. Se hizo fuego, todo el grupo quedó perplejo, la luz lo iluminaba todo y les hizo sentir más seguros. Pronto la noche se hizo tranquila, y ya no templaba la tierra, cada hombre y mujer tomaron una rama ardiente con el fuego creado por las piedras de luz, y como en una procesión bajaron la montaña hasta sus casas.

El resto del poblado, al ver el resplandor, salieron a recibirlos, y escucharon el relato de las piedras de luz del cielo, quedando perplejos. Al día siguiente, todos los pobladores comenzaron a recolectar esas piedras que habían caído del cielo.

La niña Licán era la que más tenía, a ella le gustaba decir que si no fuera por ella, no habrían hecho el descubrimiento, y habrían bajado a la hora. Su madre por supuesto, no estaba de acuerdo, recordando el horror que había vivido pensando que no la iba a volver a ver.


Sea como sea, desde entonces, los mapuches ya no tuvieron miedo, tenían como alumbrarse, calentarse y cocinar los alimentos. 

(Mi versión de un cuento popular mapuche)

Anuncios

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s